Nadie dice frases tan bonitas como nosotros, los periodistas [con el permiso de los escritores]. Somos los escultores de textos, expresiones y pensamientos que acaban convirtiéndose en frases célebres y titulares que sobreviven a la mismísima posteridad.

Reconocemos que la mayoría de las veces no nos lo contaron como lo reprodujimos, pero lo leímos de esa manera nada más escucharlo y contextualizarlo. Y pedimos permiso a nuestro entrevistado para citarle con algo que no dijo, pero que estamos seguros de que le hubiera gustado decir.

Cuando escuchamos, nos emplazamos en ese lugar donde se escriben los pensamientos. Le damos la forma que se merecen, muchas veces menospreciados por su dueño, arrinconados en un micro mundo sin perspectiva.

A veces pienso que los periodistas hemos desarrollado un pensamiento poético singular porque la incapacidad verbal de muchos de nuestros interlocutores acaba incinerando lo que podría ser un gran titular.

Una trampa habitual es darle la frase a tu entrevistado y preguntar “¿es esto lo que querías decir?”. A veces, nuestro interlocutor, hasta la apunta para incorporarla a sus mensajes clave. En esto son muy buenos los hombres. Las «portavozas» -léase con una buena sonrisa- suelen estar más concentradas en que el mensaje se comprenda, como si la emoción no formara parte de una trama cotidiana. Qué empeño tenemos las tías en trabajar en vez de aparentar.

Menos mal que somos expertos parafraseadores de oraciones que nadie nunca pronunció, pero nos hubiera gustado que lo hicieran. Quizás por eso la mayoría de los periodistas somos buenos en dar nuestra opinión. Llevamos años fantaseando sobre ella.

Hemos sido artistas de renombre, alcaldes corruptos, mandamases de la iglesia, emprendedores millonarios y un montón de perfiles sacados de cualquier canción de Sabina. Hemos visto pasar a la vida en la silla de enfrente, en el hall de un hotel o en los despachos de otros, siempre expectantes, intentando saber el qué, por qué, cómo, cuándo y dónde [el por qué siempre era la parte más compleja].

Publicamos frases de azucarillo y premoniciones nostradámicas, deshaciéndonos de la propiedad intelectual. “Te la regalo, pero déjame que la escriba”.

Contar cosas es una pasión más digna que su vocación y tiene más poder que ese 4º escalón que nos asignaron en la universidad. Quizás por eso la profesión más bella del mundo no es esa que se define como “la que cuenta cosas que otro no quiere que se sepan”, sino la que cuando las cuentas con TU verdad en los ojos [dejémonos de objetividades y otras entelequia] y el lápiz en la mano, has encendido una luz allá donde solo había más de lo mismo.

Dulce Iborra

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